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Parada y fonda

Momentos de Cocentaina

Todo en Cocentaina es denso y profundo, con tantas capas como el hojaldre y con la solera de un viejo barril de amontillado. Ciudad hegemónica de una región ibera que aún palpita en el habla musical, sibilante, empastada, de los vecinos
16-08-2012 19:14
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Palacio de los Condes e. p

Palacio de los Condes e. p

Es una música vocal que conozco muy bien: es la de mi gente, la del país que tiene en la misma Sueca su frontera septentrional. Al acercarte a Cocentaina su castillete gótico —como una torre de vigilancia grande— es visible casi desde cualquier lado. El incendio que días atrás se desató en la vertiente opuesta del Montcabrer, saltó por encima del espinazo de la Mariola pero fue contenido allí. La normalidad en las calles de Cocentaina es completa pero, de vez en cuando, un hidroavión mancha de amarillo el cielo impávido: acude desganado, casi por mera formalidad, a apagar el brasero del otro lado, con un sello estampado en la cola.

Una cosa que desafía cualquier idea de banalidad o improvisación es el Palacio de los Condes: sus sillares solventes, sus columnas y arcos góticos, sus vastas fachadas (el primer palacio lo levantó el mismísimo Roger de Llúria). Hay un grupo de gente en el patio y sillas dispuestas como para un concierto. En el carrer Major y en otras calles en torno al Ayuntamiento ya ondean banderas y gallardetes de les filaes que van a desfilar por Sant Hipòlit, «el que libera a los caballos».

A caballos y jinetes les van a sobrar oportunidades de desenvolvimiento, en la fiesta contestana del verano (del 10 al 13 de agosto). La Fira de Tots Sants, en cambio, señala el invierno: tal vez la mayor feria de cuantas se celebran en el País Valenciano (con permiso de la de Xàtiva, que es aún más antigua) que antes tenía la faz correspondiente al estadio agropecuario pero que, ahora, lo mismo vende coches que ajos de Las Pedroñeras, maquinaria agrícola que depuradoras domésticas. Creo que la única vez que estuve, lloviznó y como somos un país temeroso del agua, la fiesta quedó deslucida, pero no tanto que no permitiese ver que la Fireta era Firota, es decir un ser tentacular extendiéndose por media ciudad. Me encantan las ferias.

En los años buenos, algunos seres inteligentes apartaron unos dineros para restaurar fachadas y cubiertas y el casco antiguo de Cocentaina reluce limpio y transitable. Eso sí: veo por todas partes retablos piadosos en cerámica: ciudad con muchos judíos y moros quizás hubo de acreditar su filiación a una fe muy celosa.

El caso es que yo he venido aquí a ver a unos amigos y a comer. Por algún camino que sale entre lomas desmigadas de tierra blanca (Alacant, la millor terreta… per a escurar) llegamos a La Campanera donde Amparo y Eduardo nos han preparado un festín de especialidades del terreno. El mas también tiene paredes de sillares que testimonian su venerable ancianidad y sobre las que se acumula la cacharrería más abigarrada, y un safareig
—también de piedra— reconvertido en piscina. Nos bañamos en fresca agua de pozo, qué delicia, rodeados por los perros de la casa —que capitanea Blai, macho alfa mestizo de husky— y por los gatitos que han tomado un bosquete de bambúes por selva inmemorial. En los secos bancales, se hinchan los higos y las alcaparras.

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